IN MEMÓRIAM. JUAN ANTONIO ABASCAL RUIZ

In memóriam. Escrito por el Dr. Javier Albalad Termes, compañero y amigo personal del Dr. Juan Antonio Abascal Ruiz, y publicado hoy en el Obituario de periódico Heraldo de Aragón.
La profesión médica llora estos días la muerte del doctor Juan Antonio Abascal Ruiz, fallecido el 4 de enero tras una vertiginosa enfermedad, que apareció hace poco más de un mes con toda la crudeza de su sintomatología y supo sobrellevar con una serenidad encomiable. Juan Antonio murió el pasado lunes, a los 72 años, “con la bata puesta”, entregando su vida a los demás mediante el ejercicio de la profesión que amaba y llevaba en la sangre, como miembro de una familia de médicos aragoneses de la que era la cuarta generación.
Para el doctor Abascal su trabajo, más que un oficio, era una vocación. Prueba de ello es cómo durante todo el 2020, ante la pandemia, vivió prácticamente en su laboratorio -sin apenas descanso- combatiendo el coronavirus mediante la detección temprana de casos positivos. Como especialista en Microbiología, Parasitología y Medicina Preventiva, advirtió desde el inicio de la importancia del diagnóstico precoz de la Covid-19, y predicó no solo con el ejemplo, sino a través de los medios de comunicación. El propio HERALDO DE ARAGÓN lo invitó en marzo a un encuentro digital en el que resolvió las preguntas y dudas de los lectores, en un escenario de máximo desconcierto e incertidumbre, cuando aún no se había decretado siquiera el primer confinamiento.
Sus más de cuatro décadas de trayectoria profesional, en las que recibió numerosos premios tanto en España como en el extranjero, le avalaban para hablar con rotundidad. Sin embargo, no cayó en la prepotencia ni en las artimañas propias de quien busca aparentar: le movía un espíritu de servicio noble y honesto. Ponderaba sus juicios, aunque ello le costara largas horas de reflexión, pedía consejo con total naturalidad cada vez que lo necesitaba y admitía aquello de lo que no tenía certeza con una humildad difícil de encontrar en el mundo de hoy.
Doctor en Medicina y Cirugía por la Universidad de Zaragoza, con la calificación de sobresaliente ‘cum laude’, desarrolló su labor asistencial y docente en el Hospital Clínico Universitario Lozano Blesa y en la Facultad de Medicina. Quizás esta vocación académica explica por qué fue tan demandado siempre por periódicos, radios y televisiones para acercar a la ciudadanía -con su particular pedagogía- los asuntos sanitarios más complejos. “Nuestra misión es también divulgar”, repetía con frecuencia, cuando se le veía multiplicarse para atender todas sus obligaciones.
Vivió, junto a su querida e inseparable mujer, Pili, dedicado en cuerpo y alma a la medicina. O, lo que es lo mismo, entregado a los demás. Veinticuatro horas al día. También por las noches, cuyo silencio le inspiraba. ¡Cuántas horas de sueño robadas para sacar adelante investigaciones punteras que vieron la luz en libros, congresos y revistas científicas de alto impacto! Fue colaborador habitual en trabajos basados en metodología Delphi y en grupos de expertos sociosanitarios. No en vano, participó activamente en la estructura de la Organización Médica Colegial de España.
Más allá de los reconocimientos y de su prolífica labor, también, en el mundo asociativo (desempeñó los cargos de secretario general y vicepresidente del Ilustrísimo Colegio Oficial de Médicos de Zaragoza), Juan Antonio destacó por su humanidad, fruto de una visión cristiana de la vida que le llevó a entregarse sin esperar nada a cambio y a alimentar el diálogo ciencia-fe en busca de la Verdad. Su disposición permanente ha sido alabada por multitud de compañeros en las últimas horas, con un sentir general que bien recogen las palabras del investigador Alberto Jiménez Schuhmacher: “Me enseñó muchísimo de la medicina y de la vida. Era sabio y muy generoso. Ayudaba anónimamente, ni os lo podéis imaginar”.
Esa sapiencia, más allá del ámbito sanitario, le permitió tener un conocimiento profundo de la naturaleza humana y disfrutar de lo realmente valioso. No malgastó el tiempo en banalidades ni luchas terrenas. Al contrario. Destacó por su altura de miras y espíritu magnánimo. Saboreó “la poesía de lo cotidiano” y cada minuto que pudo sacar para cultivar sus otras grandes pasiones: la música, el cine, la historia, la literatura, los paisajes del Río Aranda, del Matarraña y del Bajo Aragón, la ópera, el mus y la cocina, con la que trataba de agradar a sus amigos.
Llora la profesión médica y, de algún modo, toda la sociedad. Porque, con la marcha de Juan Antonio, el mundo pierde a una persona que hacía de este planeta un lugar más humano, justo y habitable. Descanse en paz.
Javier Albalad Termes, doctor en Medicina